Faltaban dos días para mi tercer cumpleaños cuando llevamos a mi mamá al hospital. No recuerdo qué carro teníamos en ese momento, ni cuánto nos demoramos en pasar por las salas que finalmente nos llevarían al cuarto en que nacería mi hermano. Recuerdo las paredes blancas y las luces fuertes, que hacían que con cada nuevo paso el corredor largo se desdibujara y reapareciera en cuestión de un instante. Recuerdo el bigote denso y negro de mi papá. Picaba. Olía a algo que hasta hoy no puedo describir de manera distinta a “olor a papá”.
Habíamos preparado mi fiesta de cumpleaños con un par de meses de antelación. Mi mamá había insistido en comprar una torta decorada con imágenes de Mi Pequeño Pony y yo había hecho un berrinche porque quería a los Thundercats. Al final, la torta fue de Mi Pequeño Pony. El mantel, los platos, las bombas, las bolsas en que entregaríamos los regalitos de agradecimiento a los asistentes y la piñata eran del pequeño pony. No eran míos, no eran para mí, eran del pequeño pony. Supongo que en algún momento cedí u olvidé mis irracionales demandas de niña menor de tres años y dejé que ellos se ocuparan del festejo, como corresponde hacer a los adultos.
Faltaban sólo dos días y estábamos ahí, a la puerta de una habitación en la que entraban mis tías apuradamente y de la que salían, al rato, sonrientes y con los ojos bañados en lágrimas. Recuerdo estar muy aburrida. Pasaron horas, o lo que se sintió como horas, entre luces, bigotes, tías, lágrimas, festejos y halagos, y mis piecitos seguían ahí, balanceándose apenas en el borde de una silla que era demasiado grande para llegar a ser cómoda. Faltaban sólo dos días.
Pasó un tiempo, sobre el que recuerdo que jugué a atrapar el reflejo de una baldosa marmolada con el rabillo del ojo, hasta que una de mis muchas tías se acercó con una caja de 12 lápices de color envuelta en papel brillante y me la puso en las manos, “éste es tu regalo”, me dijo, y procedió a explicarme lo que sucedía: dios le había regalado a mi mamá un bebecito. Ese era su regalo. El mío era una caja de colores. A dos días de mi cumpleaños. Dios me pareció en ese momento un tipejo desproporcionadamente injusto.
Mi mamá tuvo que quedarse en el hospital un tiempo y la fiestecilla del pequeño pony nunca se llevó a cabo. El hermanito dormía en la cama con mi papá, que al cabo de un par de días se quitó el bigote, para no irritar la piel del recién traído infante. Yo tenía tres años, una caja de colores, una torta rosada que no quería comerme sola, una madre ausente y un papá que no olía a papá. Dios era, de hecho, un tipejo terriblemente injusto.
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Éste es uno de mis recuerdos más tempranos. Vuelvo a él, de vez en cuando, por motivos distintos. Anoche, mientras trataba de conciliar el sueño, recordé ese 28 de mayo y noté que a diferencia de otras memorias antiguas, ya no era capaz de ‘verlo’ en primera persona. Hay una niña en una sala, recibiendo un regalo, sintiendo ira contra el tirano celestial. Y aunque sé que esa niña soy yo, o una versión antigua de mí misma, no es mi ira, no son mis manos las que reciben la caja, no son mis ojos los que persiguen los reflejos en el piso. Se siente en parte como si no estuviera legitimada a contar esta historia como propia. Es apenas un recuerdo heredado de un yo ancestral, como leí alguna vez en un seminario durante mi pregrado.
He buscado maneras de explicar en dónde está la diferencia entre éste recuerdo y otros muy tempranos. No está en que yo sea radicalmente distinta a esa niña de tres años que alguna vez fui, porque eso haría que todos los demás recuerdos también se desdibujaran como éste, y ese no es el caso. No está en que lo haya recordado con mayor frecuencia que los otros, o por el contrario, con menor frecuencia. No está en que haya cambiado de opinión respecto de lo que significa mi hermano en mi vida, o respecto de la justicia divina inadecuadamente impuesta sobre la experiencia. Creo, en cambio, que lo que lo distingue de otros recuerdos es el hecho de haberlo contado, varias veces, utilizando palabras que este yo de veintitantos años tiene a la mano, cambiando fundamentalmente mi relación con mi propio recuerdo. Creo que en el primer momento en que recorrí narrativamente esos corredores dejaron de ser mis recuerdos de los corredores y empezaron a ser un objeto en un mundo existente para muchos otros. Esos corredores ya no son míos, esa ira ya no es mía, ese pedacito de vida se separó y no tengo manera de hacerlo volver. Quizá por esto es que prefiero no hablar de los momentos que considero definitorios de mí misma y me afano en explayarme sobre descripciones de lo que me ha herido o lastimado a pesar de lo que he buscado. Quizá quiero creer que es posible deshacerse de la intimidad y permanencia de los errores, las fallas de juicio y los dolores, creyendo que puedo armarme una identidad aislada de todo contaminante. Pero se me olvida que el sentido en el que yo soy alguien está necesariamente conectado con ser alguien para otros, en un mundo compartido, descriptible, expuesto y vulnerable. Se me olvida que me ven, que me oyen… se me olvida que estoy aquí, afuera.
La imagen fue publicada en grimmy.com el 2 de enero del año que corre y hace parte de una serie de algo más de 9 tiras sobre la confusión que le genera a Ralf -el pug- el que el diseñador del tarro de las papas Pringles haya querido ser sepultado -después de ser cremado- en el envase que le dio sustento y gloria durante toda su vida. Después de pasar por Betty Crocker, Orville Redenbacher Pop Corn, Kentucky Fried Chicken y Dr. Pepper, Ralf, que piensa que las cenizas de todas las personas por las cuales están nombrados los productos andan circulando en sus envases, se mete -oh gran pecado capital- con Juan Valdez. El día en que leí la caricatura, la puse en mi blog de stumbleupon señalando que la tira cómica del día no me parecía tan graciosa. Las razones por las cuales no me causa gracia no son, sin embargo, las mismas que he visto señaladas en El Espectador y El Tiempo respecto de la caricatura.
Tras millones de kilometros recorridos, la tripulación cuya cotidianidad ingrávida es compartida sin reservas, alcanza un planeta habitable. Su atmósfera cristalizada y líquido entorno no es nada menos que inimaginable, imposible de concretar en pocas imágenes, inabarcable en unas cuantas palabras. Pero el narrador que ha impuesto Herzog, esas palabras nostálgicas del ex-habitante del mundo azul ahora descubierto por los hombres, hace posible que veamos cómo es que el abandono impuesto a su hogar, ahora abandono al que nosotros mismos nos obligamos, es más un abandono de sí mismo, de todos esos que durante siglos se perdieron en las inmensidades azules de sus cielos, cambiándolas por el impenetrable vacío negro del exterior.
“Dexter, un justiciero serial” es una serie de FOX que salió al aire este año. Creo que va por la segunda temporada y ha gozado de inmenso éxito a raiz de explotar varios ejes temáticos que por distintas razones capturan inmediatamente al televidente. Es una serie policiaca, de corte CSI, en la que casos extraños de asesinatos se resuelven haciendo mano de explicaciones enrevesadas por parte de científicos brillantes que sirven a la grandiosa y noble causa de establecer justicia. Además, el personaje principal -como Gil Grissom, Gregory House y Monk- padece de un transtorno psicológico que lo obliga a enfocarse exclusivamente en su trabajo, dada la imposibilidad de correlacionarse adecuadamente con personas comunes y corrientes, y llevar una vida más o menos estándard. Ahí, precisamente, es donde Dexter cruza la línea que otras series que apelan a la anormalidad del protagonista no osan siquiera considerar. Dexter es un asesino en serie, que se mete en el rol de vida de un científico forense y que calma sus irreprimibles impulsos homicidas asesinando a los criminales a quienes persigue. Los atrapa, los seda, los mata, los descuartiza, lo disfruta. Dexter es un carnicero irredimible; él lo acepta, se define a sí mismo así. Lo que es peor, justifica sus crímenes y legitima su carácter cada vez que puede y nos presenta su vida como algo que debe constituir entretenimiento.
Darwin’s Nightmare
Por una parte, el instinto depredador de la perca del Nilo ha hecho desaparecer virtualmente toda forma de vida nativa en el lago, llevando los niveles de oxígeno en el agua a extremos que no propiciarían una recuperación de la biodiversidad perdida. Ante la falta de alimento disponible, la perca recurre al canibalismo, en muchas ocasiones, devorando su propia descendencia. En pocos años, la población de estos peces se reducirá al punto de dejar de ser rentable para la industria pesquera y el lago será irrecuperable para la crianza de peces, o cualquier otro propósito.





