Fecha límite, última oportunidad, agotamiento de la posibilidad a futuro, final, cierre, ultimatum. Se desvanece entre mis dedos aquello que tan sólo hasta este momento sale de mi control. No puede haber felicidad donde todo es dejado en manos del azar; la mala fortuna de carecer de buen juicio -cuánto quisiera poder convencerme de que es fortuna, en lugar de negligencia- me deja ahora tan sólo con las manos amarillentas por el tabaco posadas sobre la tapicería policrómica de este inconcebíblemente lento monstruo de metal. Hay un reflejo en la ventana que rebota justamente en el punto en que mis pestañas son más blancas, lanza un fulgor que irrita la pared posterior de mis ojos, allí donde los objetos se transforman en imagenes que son tan sólo mías. Bajo, camino, fumo, tiro la colilla incandescente, fumo de nuevo. No hay noticia aún. Se agota el plazo, se acaba el día; un día que resume todos aquellos días en que los límites no fueron claros ni relevantes. Hoy se concretan todas las demarcaciones, hoy se aparece como real el paso del tiempo. Tengo hambre, tengo sueño, el ácido de mi estómago me obliga a reclinarme sobre el escritorio de la secretaría, contemplo mi enorme panza mientras considero la posibilidad de ausentarme un momento para buscar pañuelos desechables; seguramente el baño no tiene papel higiénico ni jabón, seguramente la puerta está dañada y tendré que caminar hasta otro edificio. Será una ausencia de quince minutos, supongo, no hará mayor diferencia. ¿Qué son quince minutos cuando se ha esperado casi dos años? No, no me voy. Llamo. Dos, tres veces. Correo de voz. ¿Tendré las agallas para llorar en público? No. Soy demasiado cobarde. Recibo una llamada, la llamada. Hola, no, no llegó nunca, no me explico por qué, sí, ajá, está bien, voy a comunicarlo con las autoridades competentes. Entrego el aparatito negro a esas manos de uñas rojas con florecitas blancas que transforman el teclado en un instrumento de percusión. Sí, bien, gracias profesor. Levanto mis dos puños, sonrío, me ruborizo. Rojo, todo es absolutamente rojo. Ya no tengo hambre, no tengo dolor alguno, mi cara no responde a mis esfuerzos por mantener la compostura, tengo la punta de la lengua adormecida, los labios hinchados y las mejillas palpitantes. Camino, busco con quién tomarme una cerveza, ando casi en círculos. Todos están ocupados. Sus sentencias no han de cumplirse sino hasta dentro de un par de días, tienen aún ocasión de modificar lo irremediable. Subo a otro bus, no importa cuánta sea la demora. Voy al norte, tomo un café con demasiada azucar y busco compañía en internet. Pasará otra hora hasta que llegue ella, con su termo verde y su mate. Tengo que ir al baño, pero no puedo abandonar mi maleta a su suerte. El papel de colgadura con que adornan aquí el cubículo del inodoro me recuerda alguna ocasión en la que estuve muy borracha en otro baño, pero no soy capaz de saber dónde, ni cuándo, con precisión. Agua tibia, jabón espumoso, toallas de papel. Salgo y pido un café negro, mientras pretendo leer Williams sin entender mayor cosa. Llega ella, violeta y negro, y su termo, verde. Tomo un martini con dos aceitunas; ésta es mi celebración por haber ganado el indulto. Ya no hay sol, ya no hay plazos, ya no hay límites.
19.06.2009
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Pues no hay mucho que decir, más que felicitaciones. Me alegro mucho por ti y es una lástima no estar allá en estos momentos para celebrar contigo.
Comment by schizoid — 19.06.2009 @ 12:04 pm |
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Comment by pendulumlikeswing — 20.06.2009 @ 9:11 pm |