haciéndole siesta al tinto

24.07.2008

Muse en el Palacio de los deportes, 20.07.08

Filed under: español — aranta @ 8:50 am
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Recuerdo que durante los días en que estuve con Marta en Ratisbona fuimos un par de veces a una discoteca muy “teenie” -según sus palabras- llamada Suite 15. El encanto particular del lugar reside en el hecho de tener dos ambientes distintos, en los que suena, por una parte, Rock clásico “bailable” -Chuck Berry, Little Richard, incluso algo de The Beatles- y, por otra, rock algo más contemporáneo y pesado que iba desde Rage Against the Machine hasta Tool, Metallica y Muse. En medio de alguna de nuestras noches de bares, Marta me confesó su amor por Muse, una banda a la que hasta el momento no había prestado mayor atención, por considerarla, erróneamente, una mezcla de Placebo y Radiohead que no revestía mayor interés. Como era de esperarse, bastó con poner un poco de atención al oir Muse para que la impresión inicial se disolviera y se diera paso al encantamiento que el equilibrio entre fuerza, emoción y virtuosismo generan, y así dar a la banda el crédito que por sí misma merece.

Durante estos ultimos dos años -cómo pasa el tiempo…- oí cada vez con mayor gusto y frecuencia algunos de los discos de la banda y empecé a anticipar la posibilidad de ver en vivo a ese trío que llenó plazas como el Madison Square Garden y el Wimbledon Stadium y es considerada por muchos el mejor espectáculo en vivo de rock. La espera concluyó el pasado 20 con la presentación de los ingleses en el Palacio de los Deportes y, debo decir, valió cada segundo de ansiosa anticipación.

Una de las cosas que más llamó la atención sobre el evento fue la rigurosa puntualidad del trío; la hora de inicio y la hora de finalización del concierto coincidieron exactamente con lo programado, aprovechando cada minuto de la presentación al máximo. Muse demostró ser una banda experimentada en el escenario; el manejo del público, del sonido, de los altos y bajos, de la atmósfera en general no dejo nada que desear. El talento individual tuvo su espacio propio -con intermedios asombrosos de la guitarra de Bellamy, o la hipnotizante “Bass jam”, a cargo de Wolstenholme y el impecable baterista Howard- , al tiempo que la conjugación de estos no desfalleció nunca, dejándo al público con la satisfacción de ver una banda intercomunicada, sólida y apretada. El set list, como suele suceder cuando un concierto es esperado con tantas ansias, resultó impresionante, si bien incompleto. Temas como “Absolution”, “Bliss” y “Space dementia” se hicieron extrañar, aunque el extasis generado por “Our time is running out” o “Butterflies and Hurracaines” alcanzaron para que no hubiera espacio para quejas.

Lastimosamente -para el público colombiano más que para la banda-, la concurrencia no fue lo que se hubiera esperado en un concierto como éste; el Palacio no se llenó en ninguna de las dos localidades. Las razones para esto tienen que ver con cuestiones diversas, desde el carácter casi “underground” de la banda en Colombia, los altísimos precios de la boletería, hasta la coincidencia de la fecha del concierto con el Gran Concierto Nacional -gratuito y patrioterista-. No obstante, los “pocos” asistentes, parecieron quedar más que satisfechos con la presentación.

Aunque no me gusta hacer comparaciones entre la “calidad objetiva” de conciertos, es decir, hablar de si Muse fue mejor, similar, o peor que, por ejemplo, Roger Waters o Placebo, sí cabe aclarar que ha sido uno de los más emocionantes a los que he asistido. A pesar de algunos inconvenientes con el sonido -como también notó Julián- y con la organización -que no hubiera un espacio adecuado para los fotógrafos acreditados, por ejemplo- todo fluyó armoniosamente, de principio a fin. Salté, grité, canté, recordé con lágrimas en los ojos a Marta y nuestras veladas en Suite deseando que ella estuviera allí conmigo, y volví a casa satisfecha y contenta. Todo lo que podría esperar de un concierto.

[iba a poner fotos de Arturo Durán, pero tengo que pedirle permiso primero, :P ]

20.07.2008

Los que se fueron

Filed under: español — aranta @ 4:27 am
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Muchos de mis grandes amigos viven fuera del país. Casi todos ellos se han ido por cuestiones académicas; algunos para hacer un pregrado en áreas inexistentes o insatisfactorias en las universidades nacionales, algunos otros para continuar con una línea de investigación que promete más posibilidades de acceder a “altos círculos” intelectuales o laborales. Otros más decidieron irse por cuestiones más cercanas a lo que me atrevería a llamar su “ideal de calidad de vida”. Aunque es claro que en la mayoría de casos los intereses que los llevaron a partir son una mezcla de ambos aspectos, no deja de impactarme la manera en que es necesario empezar a sopesar las diferencias entre estos una vez se ha tomado la decisión de armar maletas y buscar oportunidades en el exterior. No parece ser lo mismo irse para estudiar que irse para vivir, aunque las categorías se solapen constantemente.

Las últimas semanas -quizá algo más de un mes- han estado teñidas por conversaciones con particular frecuencia acerca del cambio -desde acá- inestimable de las cuestiones básicas de la vida día a día lejos de lo que fue, para muchos durante mucho tiempo, su casa. Más allá de lo que significa tener que instalarse en un espacio extraño y estar lejos de familiares y amigos, el problema principal que afrontan aquellos con quienes he hablado tiene que ver con cómo adaptarse sin perderse en un entorno cultural y académicamente diverso. Las exigencias que como extranjero se tienen no se agotan en el dominio -al menos parcial- de una nueva lengua, de los mapas de trenes o los horarios de los supermercados; es necesario también inscribirse adecuadamente en una serie dinámicas sociales que no siempre coinciden con lo que se ha configurado como el universo interpersonal comprensible para quien deja atrás -en al menos un sentido- toda su historia.

De alguna manera, parece ser necesario replantear las cuestiones básicas que definen la identidad de cada uno para dar el paso a relacionarse con esos otros que sí se encuentran en casa. Podría haber pensado que recitar iteradamente el libreto “colombiana, estudiante de X, egresada de Y, interesada en Z” valdría lo suficiente para sentirse cómodo y generar nuevas amistades, nuevos vínculos, nuevas confianzas… Pero no parece ser así de sencillo. Buena parte de lo que significa ser un “colombiano en el exterior” implica llevar a cuestas el peso de definirse a sí mismo como colombiano, de entenderse a sí mismo como parte de una colectividad algo difusa caracterizada por una serie de rasgos infranqueables que heredamos de crianza. No quiero hablar tan solo de los lugares comunes en que se piensa cuando se “define” la colombianidad; más allá de las etiquetas “trabajadores incansables, buena gente, sociables, buenos bailarines, aviones, nacionalistas empedernidos, católicos, tradicionalistas, chabacanes y tropicalones, uribistas, anti-uribistas, revolucionarios de corazón, amantes de Shakira y Juanes” o demás cosas que puedan pensarse, hay ciertos rasgos que -quizá no siendo exclusivos de los colombianos- marcan fuertemente la manera de entendernos a nosotros mismos y más, creería yo, estando en el exterior.

Alexander publicó hace unos días una lista de miedos propios de quien ha vivido toda su vida en Colombia a manera de recordatorio de algunas razones por las cuales hacer una vida y una familia en su actual residencia (Dresde) resultaría bueno. Yo concuerdo con mucho de lo allí escrito y no dudo de que según su condición, según sus deseos para su vida y sus planes a largo plazo, constituyen, en efecto, razones buenas. Es impactante notar, sin embargo, que en medio de todas las cosas por las cuales empezar a pensar en quedarse lejos, una lista tan larga y tan cruda -por momentos- de temores se esgrima como argumento. Me hizo pensar que en algún sentido, todos los que en algún momento hemos pensado en irnos, lo hemos hecho teniendo en mente una suerte de huida, de oportunidad para salvaguardarnos de los peligros y terrores que se nos filtran hasta en las más tranquilas circunstancias; como si nos sintiéramos siempre bajo acecho.  Es un tanto doloroso reconocer que al menos en mi caso esto es cierto. Lejos de ser creyente en las virtudes inobjetables del “País del Sagrado Corazón” y en que éste es “el mejor vividero del mundo”, debo decir que yo también llevo varios años fraguando una fuga.  No obstante, creo que a pesar del escape, una conexión mucho más fuerte con esas herencias de crianza se forja y abandonar el terruño no resulta tan satisfactorio como se pensaría.

Todos los miedos, prejuicios y prevenciones vienen acompañados de costumbres no tan notorias como ponerse el velo para entrar a misa. De una u otra forma, estamos acostumbrados a que las relaciones que entablamos con las personas a nuestro alrededor tiendan a tornarse muy íntimas y sólidas, a que se creen amistades más o menos duraderas y más o menos entrañables. Ximena me comentaba hoy que temía mucho convertirse en el tipo de neoyorkina que no tiene amigos -amigos reales-; que el peligro que vivir en la ciudad soñada de los afanes y los miles de objetivos para la vista implicaba era ceder ante la presión de volverse impenetrable, de dejar de dolerse por las traiciones leves y los insultos, por impermeabilizarse frente a la gente. No quiero decir, por supuesto, que los cínicos existan tan sólo fuera del país -aquí tenemos nuestra buena cuota, muy notoria, muy notable-, sino quizá que, de la misma manera en que las mamás no dejan nunca de decir que los buenos amigos son los que se hacen durante el colegio, parecemos llevar siempre con nosotros esa noción de que los buenos amigos y las buenas personas son las de siempre. La seguridad de estar entre “los suyos” se vuelve necesaria y añorada en momentos en que no sólo escasea la compañía, sino quizá también un poco la comida y el dinero. No tener a todos disponibles todo el tiempo para un rescate anímico, para un café, para echar chisme, para perder el tiempo… son nimiedades acumulables que van desinflando de a poco la idealizada ciudad de destino.

Los cinco meses que pasé en Alemania me dejaron con un desazón difícil de explicar. Quizá se deba simplemente a algunas cuestiones contextuales del viaje, de lo que dejaba, de lo que perseguía. Creo que en cualquier caso, cinco meses no alcanzan a modificar la estructura de creencias y deseos -y de disposiciones a sacrificar parte de mí misma- tanto como el propósito de quedarse para siempre en el exterior. En este sentido, lo único de lo que puedo hablar es de esas pocas cosas que las conversaciones con esos otros con el valor de alzar vela me dejan. Miedos, vacíos, expectativas, satisfacciones, plazos, distancias, placeres, incertidumbres…

14.07.2008

Beck, Modern Guilt

Filed under: español — aranta @ 1:45 am
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Lo primero que recuerdo haber sabido de Beck en mi vida tiene que ver con una serie de brevísimos comerciales que sacaba MTv entre segmentos de videos. La pantalla mostraba una sala de partos, unos muslos y un médico de tapabocas verde sosteniendo un bebé que se resbalaba de repente cayendo estrepitósamente al suelo. Aparecía entonces un letrerito: “Why Beck is the way he is”.  Luego vino el Odelay y empecé a entender el porqué de la propaganda.

Beck [David Campbell] Hansen, nieto de Al Hansen, hace algo similar en la música a lo que haría su abuelo años antes en las artes plásticas; la mezcla y combinación de elementos en principio discordantes es arreglada de tal forma que resulta en principio ligeramente chocante para luego, conforme el espectador se familiariza con ellas, convertirse en algo que podría pensarse que siempre estuvo destinado para ser así.  El estilo casi de MC de la lírica ronca , amarrado a samples reminiscentes de los sesentas y juegos de sonidos extraños en secuencias rítmicas sorpresivas, hicieron de Odelay [1996] y Sea Change [2002] dos de los discos más relevantes en la carrera musical de Beck y marcas imborrables en la historia musical de sus respectivas décadas.  En 2005, sin embargo, la fama forjada como uno de los músicos más influyentes y vanguardistas pareció disiparse con las duras críticas que recibió Guero. De las cinco estrellas con que se habían calificado discos anteriores, éste recibió algunas menos y despertó la pregunta de qué habría sucedido con el irreverente y fresco Beck de finales de los noventas. Cabe decir, sin embargo, que tanto Guero como The Information (que fue lanzado en noviembre de 2006) son discos que no dejan qué desear, vistos por su cuenta. Resultan, por mérito propio, muestras dignas de la capacidad musical de Beck y discos que vale la pena oir de principio a fin, degustando cuidadosamente cada uno de los matices y juegos entre líneas que presentan. Aunque pueda decirse que no sean hitos musicales imprescindibles, no son, tampoco, decepciones rotundas o desatinos que resulte mejor olvidar.

El 7 de Julio de este año se lanzó oficialmente el octavo disco de Beck, titulado Modern Guilt. Consta de una colección de 10 canciones que hacen un buen trabajo a manera de recordatorio del “genio” del músico estadounidense. El disco es producido por Danger Mouse, reconocido por su trabajo junto a Cee-Lo (juntos, Gnarls Barkley) y cuenta con la colaboración de Chan Marshall (Cat Power) en algunos tracks. Desde el primer corte se hace evidente la nota melancólica con aires de mid-life crisis que domina el disco.

El corte “Orphans”, si bien recurre a sonidos muy familiares dentro del catálogo de singles exitosos de Beck -y en algún sentido recuerda algunos temas del Third de Portishead-, deja muy claro que las preocupaciones de Hansen sobrepasan ya la mera irreverencia, convirtiéndose en confesiones más profundas. “If I wake up and see my maker coming/With all of his crimson and his iron desire/We’ll drag the streets with the baggage of longing to be loved or destroyed/From a void to a grain of sand in your hand”. Algo similar ocurre con “Chemtrails”, una canción que explora sonoridades y temáticas más propias del rock psicodélico de los setentas (“All I can take/From these skies/Is fog/And all I can see/In this light/A boat sinking…So many people/So many people/Where did they go?/You and me/Hit by a cloud”). La canción que más me gustó del disco es “Soul of a Man”, tiene un riff inicial de guitarra que engancha de inmediato y que le da un toque muy “rocker” aun disco en general bastante más “soul”, sin llegar a perder la línea general del álbum.

El disco me ha gustado mucho; muchas guitarras, buenos coros, arreglos muy interesantes. Aunque no es el Beck juguetón e indescifrable de años atrás, este casi cuarentón sigue modificando los elementos con los que juega, dibujando panoramas nuevos y explorables con sorprendente fluidez. Sigue siendo un bicho raro, incluso para él mismo.

(para oir “Orphans”, “Gamma Ray” y ” Chemtrails” –>http://www.myspace.com/beck

Y un agradecimiento muy especial a Postbop, por pasarme el disquito)

4.07.2008

La muerte lenta de Luciana B.

Filed under: español — aranta @ 3:45 am
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Alejandro publicó hace un par de números la reseña del libro de  Guillermo Martínez, La muerte lenta de Luciana B. Fue una sorpresa bastante agradable reencontrar al autor que hace algunos años y por ‘recomendación’ de otro Alejandro, me dio la primera oportunidad de escribir a conciencia una reseña.  A manera de asignatura final para el curso de Lógica IV -en que leímos, entre otras cosas, la traducción que aquel Alejandro había hecho al español de un libro de Penrose- teníamos que leer Crímenes imperceptibles; una novela casi policial de asesinatos, sectas pitagóricas, series, códigos ocultos y situaciones tan bien narradas que hasta el día de hoy recuerdo la manta de crochet sobre las piernas de la ancianita del piso de arriba.

La buena experiencia que tuve con CI me hizo pensar que quizá valdría la pena buscar este otro libro que veía reseñado en la revista; quizá me daría los mismos buenos ratos devorando líneas sin mayor pausa para consideraciones ulteriores, las mismas imágenes precisas que darían pie a la confusión entre si lo vi o lo leí. En algún sentido fue así, si bien debo decir que quedé un poco decepcionada de La muerte lenta de Luciana B. Alejandro -no ya el profesor, sino el reseñista- comentaba que quizá sea un problema de precedentes; uno espera encontrar los mismos elementos, tener las mismas impresiones, a pesar de que el libro sea, enteramente, otro.

Éste, al igual que el anterior, relata una serie de crímenes inexplicados o inexplicables en que marginalmente se mencionan las perspectivas que un matemático -o cualquiera con un ligero interés en matemáticas básicas- podría tener de los patrones y carencia de patrones entre asesinatos. La historia es lo suficientemente elaborada para lograr que se siga leyendo con interés los doce capítulos que componen el libro, a pesar de que es a todas luces predecible. Esto, aunque pueda pensarse que no es malo en general, ni siquiera incluso para una novela casi policial, tuvo un efecto confuso en mí. Por un lado, me molestó mucho ‘olerme’ los giros de la historia y los desenlaces pero, por otro, mientras más lo pienso, quizá sea intencional la predictibilidad, dadas algunas ‘discusiones’ sugeridas por el mismo texto.  Supongo que cabe aclarar que no consideré que CI fuera un ‘librazo’; no me pareció ni la “mejor” novela de suspenso policial que jamás haya leído, ni la más original, ni la más intrincada y compleja. Asímismo, La muerte lenta de Luciana B. se agota quizá en ser un libro agradable y entretenido, que se puede leer en un día de sol mientras los compañeros de paseo chapotean en la piscina.

La habilidad de Martínez quizá no sea formular los mejores misterios policiacos, sacar aces bajo la manga al último momento dejando perplejo al lector, o confundir con tramas intrincadísimas. El valor de lo que escribe, a mi parecer, radica en la enorme habilidad que tiene para cumplir con eso de “show, don’t tell”. Cada página traza, como si con un pincel se hiciera, una escena concreta, sencilla y apreciable, suficientemente superficial para no perderse en los recovecos psíquicos de los personajes, pero igualmente sugestiva de estos, dándoles carne, huesos, temores y cavilaciones propias.

Hasta donde sé, en enero de este año se estrenó The Oxford Murders-dirigida por Alex de la Iglesia y protagonizada por Elijah Wood-, una película basada en Crímenes imperceptibles. Por lo que alcancé a leer en IMBD, no fue muy bien recibida. Quizá para la adaptación al cine no sea suficiente con que las imágenes sugeridas por el texto original sean claras y tangibles; aunque parece ser que usualmente no le va muy bien a las adaptaciones cinematográficas de novelas Best Seller en cualquier caso…

2.07.2008

Hachioji Kuruma Ningyo

Filed under: español — aranta @ 4:07 am
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El jueves pasado recibí una invitación para la última presentación de la gira latinoamericana de la compañía de títeres de Wakasanojo Tsuruga XI -declarado en 2001 por el gobierno japonés “Personaje Tesoro Nacional”- de parte de Javier. Su descripción del espectáculo -que había visto la noche anterior- expresa bastante bien mi propio concepto sobre el asunto; “es una de las cosas más hermosas que he visto en mi vida, hubo un momento en el que se me salieron las lágrimas”.Hachioji Kuruma Ningyo

El estilo Kuruma Ningyo (kuruma significa carro, o carreta y ningyo muñeco), a diferencia de otros tipos de titiretería japonesa en que son necesarias hasta 3 personas para manejar un solo muñeco, se caracteriza por utilizar una pequeña caja con tres ruedas sobre la cual se sienta el titiritero, permitiéndole desplazarse por el escenario fácilmente mientras tiene libres brazos y manos para controlar al personaje. \

Los pies de los muñecos, que en promedio miden 1,20m, se enganchan a los del titiritero de manera que los pasos de ambos se amalgaman permitiendo que los títeres pisen sobre el escenario con fuerza, bailen, corran e incluso se tropiecen con una verosimilitud imposible de lograr de otra manera. La impresión que esto da es relativamente sencilla de describir, si bien en principio resulta difícil de asimilar; lo que se tiene en frente son pequeñas personas, de cara casi inmóvil -cada cabeza de madera tiene entre 100 y 150 años-, que con la mayor sutileza llevan a cabo movimientos cuya perfección y emotividad difícilmente se percibe en los agentes de tamaño real con que interactuamos a diario.

Las piezas teatrales que componen el repertorio, como normalmente sucede en las obras japonesas, hacen parte de la literatura tradicional y son narradas musicalmente por un grupo compuesto de unas pocas personas. Uno o dos Shamizen y dos intérpretes vocales hacen las veces -y las voces- de los personajes involucrados, alternando por momentos con el relato en tercera persona de la situación. Las historias son complejas, ricas en detalles y matices, y exigen del espectador una suerte de complicidad, evocan una simpatía particular a pesar de no hacer referencia directa a circunstancias comunes, ni a expresiones ‘normales’ en espectadores no japoneses. Buena parte de la sincronía emocional que se produce, creo yo, se debe a la particular manera en que el Shinnai -el maestro narrador- tempera el relato; los cambios drásticos de tono, de tiempo, la dificultad para el oido no acostumbrado de asimilar la melodía del todo, hacen que en un nivel muy primitivo, muy sensorial, cada gesto de ese pequeño muñeco cale profundamente y se cuele por entre los poros de quien mira, casi indefenso, y lo arrastre a las lágrimas o a carcajadas irreprimibles.Yuki, una de las tres obras del repertorio, narra la historia de una mujer que afirma que los copos de nieve pueden derretirse sobre la tela de su Kimono, pero no as� la imagen de su amado que está lejos.

Una de las numerosas sorpresas agradables que incluía la presentación fue la narración casi completa en español de una de las tres obras del repertorio. El maestro Shinnai dedicó 4 meses de estudio a perfeccionar la pronunciación y entonación para cantar la historia de “dos amigos chistosos que viajan de Edo a Kyoto y se hacen bromas a lo largo del camino”. Esta obra, graciosa por mérito propio, arrancó más de una carcajada al público con frases inesperadas como “ponte pilas que viene el zorro” o “ay mis bolitas”, muy alejadas de la noción común de lo que incluiría un repertorio tradicionalmente japonés.

Como clausura de la gira latinoamericana, el grupo dedicó una plegaria a los dioses como agradecimiento por la falta de accidentes y contratiempos y dio un pequeño show en honor del folclor colombiano, haciendo bailar vallenato a uno de los personajes femeninos que traían. Cabe decir que aunque la maestría del movimiento impartido sobre el títere era más que evidente, resultó claro de principio a fin que quien bailaba era japonés.

Hasta donde pude entender, hay muy pocas compañías que todavía monten obras con el estilo de títeres Kuruma Ningyo; al parecer, quienes todavía conservan el arte están directamente emparentados con los fundadores del estilo y han heredado de sus ancestros el conocimiento requerido tanto para la construcción como la manipulación de los títeres. Tener la oportunidad de presenciar este espectáculo -así resulte un inevitable cliché decirlo- es verdaderamente un privilegio.

En una nota aparte, me quedé con la duda de si la mujer que presentó el espectáculo -una japonesa con un admirable manejo del español y la traducción casi simultánea- era mi antigua profesora Kaoru san, aunque creo que es bastante posible. Sería bonito reencontrarla y retomar el estudio que abandoné hace ya varios años.

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