Recuerdo que durante los días en que estuve con Marta en Ratisbona fuimos un par de veces a una discoteca muy “teenie” -según sus palabras- llamada Suite 15. El encanto particular del lugar reside en el hecho de tener dos ambientes distintos, en los que suena, por una parte, Rock clásico “bailable” -Chuck Berry, Little Richard, incluso algo de The Beatles- y, por otra, rock algo más contemporáneo y pesado que iba desde Rage Against the Machine hasta Tool, Metallica y Muse. En medio de alguna de nuestras noches de bares, Marta me confesó su amor por Muse, una banda a la que hasta el momento no había prestado mayor atención, por considerarla, erróneamente, una mezcla de Placebo y Radiohead que no revestía mayor interés. Como era de esperarse, bastó con poner un poco de atención al oir Muse para que la impresión inicial se disolviera y se diera paso al encantamiento que el equilibrio entre fuerza, emoción y virtuosismo generan, y así dar a la banda el crédito que por sí misma merece.
Durante estos ultimos dos años -cómo pasa el tiempo…- oí cada vez con mayor gusto y frecuencia algunos de los discos de la banda y empecé a anticipar la posibilidad de ver en vivo a ese trío que llenó plazas como el Madison Square Garden y el Wimbledon Stadium y es considerada por muchos el mejor espectáculo en vivo de rock. La espera concluyó el pasado 20 con la presentación de los ingleses en el Palacio de los Deportes y, debo decir, valió cada segundo de ansiosa anticipación.
Una de las cosas que más llamó la atención sobre el evento fue la rigurosa puntualidad del trío; la hora de inicio y la hora de finalización del concierto coincidieron exactamente con lo programado, aprovechando cada minuto de la presentación al máximo. Muse demostró ser una banda experimentada en el escenario; el manejo del público, del sonido, de los altos y bajos, de la atmósfera en general no dejo nada que desear. El talento individual tuvo su espacio propio -con intermedios asombrosos de la guitarra de Bellamy, o la hipnotizante “Bass jam”, a cargo de Wolstenholme y el impecable baterista Howard- , al tiempo que la conjugación de estos no desfalleció nunca, dejándo al público con la satisfacción de ver una banda intercomunicada, sólida y apretada. El set list, como suele suceder cuando un concierto es esperado con tantas ansias, resultó impresionante, si bien incompleto. Temas como “Absolution”, “Bliss” y “Space dementia” se hicieron extrañar, aunque el extasis generado por “Our time is running out” o “Butterflies and Hurracaines” alcanzaron para que no hubiera espacio para quejas.
Lastimosamente -para el público colombiano más que para la banda-, la concurrencia no fue lo que se hubiera esperado en un concierto como éste; el Palacio no se llenó en ninguna de las dos localidades. Las razones para esto tienen que ver con cuestiones diversas, desde el carácter casi “underground” de la banda en Colombia, los altísimos precios de la boletería, hasta la coincidencia de la fecha del concierto con el Gran Concierto Nacional -gratuito y patrioterista-. No obstante, los “pocos” asistentes, parecieron quedar más que satisfechos con la presentación.
Aunque no me gusta hacer comparaciones entre la “calidad objetiva” de conciertos, es decir, hablar de si Muse fue mejor, similar, o peor que, por ejemplo, Roger Waters o Placebo, sí cabe aclarar que ha sido uno de los más emocionantes a los que he asistido. A pesar de algunos inconvenientes con el sonido -como también notó Julián- y con la organización -que no hubiera un espacio adecuado para los fotógrafos acreditados, por ejemplo- todo fluyó armoniosamente, de principio a fin. Salté, grité, canté, recordé con lágrimas en los ojos a Marta y nuestras veladas en Suite deseando que ella estuviera allí conmigo, y volví a casa satisfecha y contenta. Todo lo que podría esperar de un concierto.
[iba a poner fotos de Arturo Durán, pero tengo que pedirle permiso primero,
]
Lo primero que recuerdo haber sabido de Beck en mi vida tiene que ver con una serie de brevísimos comerciales que sacaba MTv entre segmentos de videos. La pantalla mostraba una sala de partos, unos muslos y un médico de tapabocas verde sosteniendo un bebé que se resbalaba de repente cayendo estrepitósamente al suelo. Aparecía entonces un letrerito: “Why Beck is the way he is”. Luego vino el Odelay y empecé a entender el porqué de la propaganda.
El 7 de Julio de este año se lanzó oficialmente el octavo disco de Beck, titulado Modern Guilt. Consta de una colección de 10 canciones que hacen un buen trabajo a manera de recordatorio del “genio” del músico estadounidense. El disco es producido por Danger Mouse, reconocido por su trabajo junto a Cee-Lo (juntos, Gnarls Barkley) y cuenta con la colaboración de Chan Marshall (Cat Power) en algunos tracks. Desde el primer corte se hace evidente la nota melancólica con aires de mid-life crisis que domina el disco.
Alejandro publicó hace un par de números la reseña del libro de 



